Teología del Silencio y de la Carne

MARÍA VAN DOREN, Y SU CAMINAR ENTRE LOS INDÍGENAS

Reflexión basada en el texto “Reflexiones de inculturación. El Bautismo en la cultura indígena”

Maria van doren

DIOS NO ES UNA PALABRA, ES UN LENGUAJE

Cuando se está enfrente de un libro, particularmente el leído para presentar, se tienen infinidad de palabras que envuelven, que quieren salir para tomar su propia voz, pero, entre todo ese salvajismo de letras unidas para saltar y querer mostrarse, lo mejor es lo dicho por el Silencio, pero, a los pocos segundos es necesario  permitir a los vocablos surgir, con un poco más de calma.

Cuando se lee un libro, las palabras del autor después de posarse en nuestra mirada, quedan de lado, porque la comprensión de lo leído tiene se relaciona claramente con nuestra forma de vida, nuestra cultura, con nuestra experiencia de vida, así que leer un libro ya es un encuentro con la inculturación, porque no nos adaptamos a lo que el autor escribe o propone sino que entrelazamos sus palabras con nuestra experiencia, y es desde este acto que vivimos lo narrado por el autor o la autora.

Esta inculturación se vuelve constante a lo largo de nuestra vida social, de nuestra reflexión personal y sobre todo desde nuestro encuentro con Dios, es decir, que aunque somos parte de la Iglesia católica, nuestra relación con la Iglesia y con Dios padre, Hijo y Espíritu Santo, ya tiene un fundamento especial que nos encuentra de una manera diversa; esto más que sea un punto en contra enriquece nuestro acercamiento con el otro, con Dios, pero principalmente con nosotros mismos, la inculturación nos hace darnos cuenta que efecto tiene en nuestro interior la historia de nuestro país, sociedad y de nuestra familia,  esta mezcla inconsciente debería de ser la clave de nuestra vida para comprender al otro, tristemente, lo dicho anteriormente se ha convertido en un arma para destruirnos a través de la crítica y derrocar culturas al querer imponer nuestra verdad.

Lo dicho anteriormente es una breve introducción que me doy quizá, primero a mí misma para poder hablar de El libro, “Reflexiones de inculturación, El Bautismo en la cultura indígena”, de la Dra. María Van, este libro en 142 páginas, nos lleva por un sendero profundo que nos invita a reflexionar la manera en la que percibimos no sólo a Dios, sino a los indígenas, herederos claves de nuestra cultura, pero a quienes desde nuestro mestizaje criticamos, humillamos y dejamos a un lado, nos envolvemos en nuestro sistema de vida y nos adaptamos a una existencia propuesta por extranjeros que nos conquistan de una manera fácil, que nos lleva sin darnos cuenta a esclavizarnos. Esta parte poderosa que llega a nuestras tierras, sí nos Conquista, porque envuelve, seduce y caemos, a diferencia de nuestros antepasados, quienes fueron dominados y vencidos, acto que no es igual, se podría decir que quinientos años después, la Conquista fue lograda.

Al leer el texto lo primero que percibí es la gran ignorancia en la cual me encuentro frente a mi propio pueblo, como biblista y estudiosa de los Libros Sagrados, me he dedicado a interpretar los símbolos de Oriente alejándome de mis raíces, tratando de entender otra cultura mientras la mía la he dejado desprovista. He estudiado a Jesús para poder hablar de Él, negándome a mí misma principalmente y aquél a quien me escucha el camino interior de las propias raíces que harían más verdadero el encuentro con Dios.

Entrando al texto, en el prólogo se nos dice:

El Dios de Jesús no pudo encarnarse de verdad en este pueblo, no pudo inculturarse en su propia cultura y vida religiosa, el sentido de  inculturación es tratar que Dios se manifieste a un pueblo en su propia manera de ver la vida.

Esta frase, es en un gran porcentaje el sostén del texto, porque las palabras e incluso los espacios los cuales se convierten en tiempos de reflexión, nos revelan, que así como Dios no se puede percibir sino es a partir de la humanidad, de la misma manera su mensaje no se puede hacer una forma de vida si no se traduce desde el caminar original en la cual se desarrolla nuestra cultura y tradiciones.

Aquí, el sentido de la Encarnación se fundamenta de una manera clara, porque Dios se hace parte del tiempo humano, pero este tiempo no significa el siglo o la fecha en la cual Él nació, sino que nos enseña que el tiempo de Dios inicia en el momento en el cual nos encontramos con Él, o en el instante en el cual reconocemos su presencia en nuestra vida, más allá si hemos escuchado hablar de Él.

El lenguaje de una persona va más allá de las palabras que pueda escribir, leer o escuchar, el lenguaje de cada ser humano se relaciona con su cuerpo, con su mirada, con su manera de caminar entre el mundo, su interpretación y sobre todo en cómo la propia historia se enlaza con la Creación, así comienza su relación con Dios.

En tiempos antiguos así era, las personas se relacionaban con sus dioses de una manera personal, por eso la existencia de los dioses de la lluvia, del sol, del cielo, del mar salado, de la guerra. Los antiguos creían que todo lo que estaba alrededor de ellos tenía vida, por lo que formaba parte de lo que ellos eran en sí mismos, por ello caminaban de la mano, tratando de estar siempre en paz y llevar una armonía en su caminar con su alrededor, comprendían que parte de Dios se manifiesta en el otro ser humano y con todo aquello que está a su alrededor, para ellos el caer de una hoja era una palabra, una comunicación que la naturaleza entablaba con ellos. Como bien lo dice el texto, el ser humano tenía una relación cosmológica con su entorno, como lo tienen los indígenas, esta manera de percibir su rededor lleva a que la lectura del Cristianismo, no debe quedarse en dogmas ni imposiciones, el Cristianismo es llamada una de las religiones del libro, pero esto no debe de quedarse sólo ahí, la vida de Cristo es caminar, es encuentro, aceptación y sobre todo  escucha.

Maria Van Doren, en su caminar con los pueblos indígenas nos enseña que la imposición priva de su realidad a quien va en encuentro con Dios, ya que imponer significa ignorar la vida de la persona, esclavizarla en nuestro sentir sin darle la oportunidad de reflexionar, imponer el Cristianismo lo aleja de sentirlo como forma de vida, para declararlo una ley, la cual si no es respetada como pide el poderoso lleva al castigo, de esta manera el Cristianismo  y su ética se rebaja a ser vivido como una ley civil la cual es manejada al antojo del poderoso a su favor y conveniencia.

Negar la inculturación de un pueblo es someterlo a una esclavitud espiritual, siendo esta uno de los más grandes crímenes, claro no se considera así, pero lo es, porque al estar la persona en una oposición con su fe, con su Dios, es decir, consigo mismo, se sentirá encerrado en un mundo que lo maneja a su antojo, su fuerza se convertirá en conformismo, en miedo y no tendrá ganas de luchar o de salir adelante.

Dios para los indígenas lo es todo, como bien lo menciona la Dra. María Van Doren, para el indígena la presencia de Dios está con todo lo que forma parte de la vida de la persona y de la comunidad, el mundo indígena es una cosmovisión la cual hace que la persona respete y cuide lo que está a su alrededor porque no ve a la naturaleza, al universo, a los seres vivos como un accidente en su acto, sino como compañeros de camino.

Para el pueblo indígena todo es un símbolo el cual es interpretado de acuerdo a su tiempo, a su circunstancia de vida, no es un signo, porque como bien lo dice Van Doren, el signo da un respuesta permanente e inmutable,  es así, como la Iglesia católica trasmite el mensaje de Jesús como un signo inalterable cuando este es un símbolo, de ahí su valor, su importancia su encuentro con cada persona creyente y su cuestionamiento ante aquél que duda.

La autora de este libro, narra su experiencia en Cuitlaxtepec y Lobera, comunidades de la Sierra negra de Tehuacán, Puebla, lugares alejados de la ciudad, donde los habitantes sólo se tienen a ellos mismos, a Dios y a ciertos sectores poderosos que van devorando sus tierras y sus tradiciones, su encuentro con Dios no es a través de la Iglesia, sino en su encuentro cotidiano con los respiros de la naturaleza, su lenguaje se basa en la cotidianidad, en la narrativa que crece y se desarrollan en su entorno, y no en dogmas que se intenta imponer y que son incomprensibles, porque no sólo por la diferencia de idioma, sino por el lenguaje de vida y de experiencia.

La palabra de Jesús no es un texto, es su caminar, sus actos y acciones, es una palabra que actúa no sin antes haber escuchado con todos sus sentidos para después otorgar el Silencio que ayude a reflexionar a las personas y entender, Jesús, después de escuchar y este verbo no se refiere sólo a un sentido humano sino a escuchar con la mirada, con la boca, con los sentidos,  Jesús hablaba y enseñaba, no imponía, marchaba dejando un Silencio para que las personas comprendieran por sí mismas y desde su experiencia lo que Él decía, de ahí el valor de las parábolas, estos textos no imponen, dejan a la naturaleza espiritual, corporal y mental de cada ser humano se traduzcan en su vida de acuerdo a su propia experiencia.

Esta palabra viva es el vocabulario que la Dra. María Van Doren utiliza para su encuentro con los indígenas, el lenguaje de Jesús, que escucha, habla, calla y vive, definiendo que la inculturación comienza con saber escuchar la vida del otro, entablando un dialogo de acciones que permiten expandir la vivencia de las enseñanzas de Jesús, más que de una Religión.

Es así como María Van Doren nos enseña y acerca a nuestros semejantes por medio de Jesús y nos dice que la Iglesia, no sólo la institución, sino cada uno de los que pertenecemos debemos de ser un símbolo nunca un signo, porque si no se impone, un símbolo para que sea interpretado y nunca se olvide, para que continúe trascendiendo el misterio, el cual no tiene su inició en el bautismo pero sí un comienzo, que no es lo mismo.

El Bautismo es un acercamiento a ambas palabras, aunque en este caso es la Iglesia la que debe escuchar, guardar Silencio para después hablar y entablar un diálogo, no al revés. Debe de escuchar como lo hacía Jesús, en cambio en la mayoría de las ocasiones, la Iglesia ensordece ante la realidad del otro y habla sin permitir el diálogo.

La Iglesia no debe creer que es la semilla, aquella que dará vida al árbol, sino que debe de ser el agua, la tierra, donde la semilla que ya existe se sienta segura de su vida, de su crecimiento natural, porque de no ser así la semilla crecerá por sí sola, tomando el agua y la tierra sólo como algo que le permite desarrollarse, pero no como parte de sus raíces. Además de que la consecuencia de este acto será que los frutos caerán antes de la verdadera madurez.

El mundo indígena tiene una riqueza especial, cercana de una manera particular al Dios de Jesús, esta experiencia de vida es la que nos trasmite Van Doren a través de sus palabras, un caminar que dejó huellas, un caminar que se encarnó en el otro liberándose de posturas, de juicios, un caminar que se permitió escuchar para hablar con acciones, con cuidado, con preocupación, una caminar que no impuso sino que se entrelazo con la cotidianidad y la experiencia, la experiencia de María dio pasos para marcar huellas.

María Van Doren es una misionera que comunica a Dios, que lo revela en sus actos, un ser que sabe que la Iglesia es un símbolo no un signo, ella ha comprendido que las Palabras de Jesús son un acto, una vivencia, no temas para discutir en una sala entre café y comodidades.  María conoce a Jesús y la vida del mundo indígena porque ha sido  y es parte de ellos, porque su experiencia no es conocimiento de escritorio sino vida, tiempo, sus pies llevan la tierra de la Sierra, su cabello la lluvia y su corazón ha latido con la tristeza, con la lucha de poder, con las festividades, María más allá de lo escrito en su libro nos deja en nuestro interior el significado de Encarnación, de inculturación.

Las palabras escritas en este libro se fundamentan en un claro conocimiento teológico pero más allá de ello estas palabras tienen pasos, caminos, surcos que toman de la mano al lector y nos entrelazan con nuestro pueblo, con lo que somos y nos lleva a comprender que el encuentro con Dios es experiencia siempre con el otro a través del diálogo no la imposición de verdades que se vuelven inexistentes porque no se conoce el significado en la cotidianidad, dentro del día que nos acompaña.

Ante esto, sólo me queda decir, Gracias María, por el acompañamiento a mi pueblo, por los surcos en tus pies que dieron pasos en Dios y con el pueblo indígena haciendo de ambos un lenguaje, un diálogo, una vida, gracias por cada paso en soledad que fortaleció  a dos comunidades, que abrió camino a la vida de cada mujer, de cada hombre, gracias por enaltecer la cultura de mi Tierra y sobre todo gracias por el camino dejado para que otros pies sigan tus huellas.

La Dra. Maria Van Doren, nació en 1933 en Flandes, al norte de Bélgica. Es Misionera de la Congregación del Inmaculado Corazón de María (ICM). Vivió 14 años entre los/las indígenas  en la Sierra Negra de Tehuacán.  Es socióloga y teóloga feminista. Es Maestra en Teología sistemática por la Universidad de Berkeley y doctora en Misiología por la Gregoria, en Roma.

El libro citado es “Reflexiones de Inculturación”. Reflexiones de Inculturación. Editado por Centro de Derechos Humanos Rafael Ayala y Ayala A.C

 

Martha Leticia Martínez de León… Silencio